domingo, 10 de abril de 2016

Ficcionalización

Ausencia de la mente
Contemplé la oscuridad a mi alrededor, quería saber que podría pasar si caía en ella. Un libro descansaba junto a mí y aunque lo había leído miles de veces quería saber qué pasaría si lo abría de vuelta.  Una débil carretera sobre un enorme abismo es lo que separaba un débil cuerpo de una enorme caída. Mi bicicleta, mi fiel compañera, estaba a unos pocos pasos de mí y sólo me ofrecía dos opciones: Ignorar su ayuda para sacarme de ahí o dejarme caer.
Todo era oscuro, menos el cielo. Tanto era su brillo que tuve que cubrir mis ojos, lo cual me dio un plano diferente de la oscuridad a mí alrededor. Ahora no solo estaba cerca mío, ahora estaba frente a mí… observando. Intentaba apoderarse de mí a través de mis ojos, pero no podía permitirlo. Tenía que decirle que lo amaba antes del fin, aunque eso implicara su rechazo por el resto del tiempo que duraran mis palabras. Me deshice de la oscuridad con facilidad, para darme cuenta de ya no había ni rastro de ella. Sin notarlo, él se sentó junto a mí en el borde de aquel abismo y allí comprendí la ausencia de la penumbra. Todo era claro y agradable cuando él estaba cerca. Supe que ese era el momento y tímidamente dije que lo amaba. No dijo nada, sólo me miró. Y acto seguido, se fue.
Desperté con mi vista nublada. Miré mis botas húmedas y rogué no haber manchado la alfombra. Mi jefa, una mujer imponente, de paso firme y de vestimenta cara, estaba parada frente a mí con cara de asombro mezclado con enojo. Hizo un gesto con las manos, casi indescifrable para mí debido al breve abandono de mi mente. Clavó su vista en mi pequeña persona y yo me preparé para los regaños pero…
-Usted debería haberse ido ya, ¿no ve la hora?
Pero yo, como cualquier adolecente “rebelde”, no acostumbraba a usar reloj. Vi mi oportunidad de librarme de la responsabilidad de haberme dormido en el trabajo, agarré mis cosas y me dispuse a irme.
-Lo siento, ya me retiro.
Pasaron los días y cobré mi primer sueldo. Desde ese día mi primera prioridad en la que gastar mi dinero era en un reloj con alarma que no sólo me diera una clara noción de la hora, sino que con su hermosa alarma me mantuviera despierta. Ni bien cobré el dichoso sueldo, fui a la primera relojería que vi y me compré un discreto reloj negro. Me alivié para mis adentros, me dirigí a mi puesto de trabajo y rogué no dormirme otra vez.


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